Desde el
recientemente concluido Festival de Nuevo Cine Latinoamericano llega a Santa
Clara una propuesta cinematográfica con nombre de mujer. La película de Ana
arriba de la mano de Daniel Díaz Torres, director conocido por sus polémicas
cintas, entre las que se cuenta Alicia en el pueblo de las Maravillas. La
última cinta de Daniel Díaz es una muestra más de la afinidad de la cultura con
el contexto social, económico y hasta político de la Isla.
La cinta versa
aparentemente sobre sobre una actriz sin mucha suerte profesional que prueba al
límite sus capacidades histriónicas y se convierte, por excepcionales
circunstancias, en directora audiovisual. Es, sin embargo un llamado de alerta en
el que se relacionan y redefinen las esperanzas del cubano, tema que no es
exclusivo de este material pero que siempre es valido en la cinematografía
cubana actual. Es una versión de la circunstancia social cubana que deja de
lado al obrero con aspiraciones de clase, al intelectual disidente, al posible
emigrante, al emigrante que regresa desarraigado y arrepentido, al héroe universitario
que no puede desbordar su circunstancia económica, a la prostituta habitual y toma como centro de atención a una mujer que
también se prostituye, solo que desde un escenario que no contempla el cuerpo
sino los principios, los sueños, las aspiraciones espirituales. El tema de los
diversos tipos de prostitución es central en esta propuesta artística, que
llega acompañada de la pericia de Eduardo del Llano, otro de los realizadores
que más a dado que hablar en los últimos tiempos en el ámbito audiovisual en
Cuba.
Ana, devenida en Ginette,
es una “profesional del colchón”, una mujer frustrada por sus propias
incapacidades intelectuales y por la crisis de autenticidad y creatividad que
afecta la Televisión cubana; una mujer en la mediana edad, que no tiene hijos,
que compite con una hermana favorecida por la aparente carencia de principios y
aspiraciones espirituales. Se define como personaje a partir la consecución de
hechos que mezclan como especie de “historia caja china” (una historia dentro
de otra) sus dos personajes, en una dinámica que como bien anuncia Vergara, el
esposo y coparticipe de la estafa: la ficción, supuestamente denigrante, define
y es más valida que la realidad, aparentemente más digna.
La trama de la
película se desarrolla en una calurosa casa cubana, sin refrigerador, en la
que, en un guiño a lo Real-Maravilloso, se pinta uñas y viven un editor y una
actriz de “medio palo”. A este escenario acompañan otros en los que la trama
“real” y el documental acontecen. En todo caso es curioso como los realizadores
nos develan la tesis de que casi cualquier escena cubana (una fiesta cederista,
la lectura de un discurso de la federación, el sueño de una anciana en la mesa
de su casa) puede utilizarse y ser creíble en la meta de falsear un escenario
que es, supuestamente, tan contrario a la cotidianidad como lo es la
prostitución.
La película de Ana
goza de recurrencias referenciales no solo en materia de estética sino en la
utilización de espacios como el solar en que se filma el documental Los Bolos
en la Habana, de Enrique Colina y el tema de la carencia de refrigerador como motor impulsor
de una acción, leit motiv de la obra
de Teatro Contigo Pan y cebolla de
Héctor Quintero. Ambos son producto de una intertextualidad que puede ser una
feliz coincidencia pero que en cualquier caso es un firme homenaje a la cultura
cubana.
La ciudad de Marta
abrió las puertas del Camilo Cienfuegos a esta película que le valió en la pasada
edición de la fiesta del cine latinoamericano el Coral femenino a Laura de la Uz. Laura se muestra como una
de las jóvenes actrices cubanas que más lauros ha obtenido en el escenario del
cine, convirtiéndose en la actriz insigne de otros realizadores como el
director de Hello Heminway y Madagascar, Fernando Pérez.
La ciudad de Santa
Clara recibió esta propuesta, no precisamente a Cine lleno. En la parte
superior del cine Camilo se anunciaba un espectáculo de la década y la
cartelera estaba desactualizada, ambas cuestiones que pudieron afectar la
divulgación de la película, evitaron que el pueblo villaclareño disfrutara de una ocasión posiblemente
irrepetible. Al finalizar la proyección en la que habían abundado las risas
mucho más que los silencios incomodos, algunos de los participantes quisieron
iniciar una ola de aplausos, hecho habitual en los estrenos de películas en la
capital cubana. Este intento fue sofocado por la no incorporación de la mayoría
de los presentes que en aparente indiferencia abandonaban el cine.
Pocos son los santaclareños
que pueden cada año participar del Festival del Nuevo Cine Latinoamericano,
siendo así, aquello que nos llega, como secuela o eco del este importante
evento, debe ser aprovechado al máximo. Dejar de paso una oportunidad como
esta, sobre todo por no conocer que existe, es un penoso hecho, que no debe
convertirse en cotidiano.
No hay comentarios:
Publicar un comentario