lunes, 21 de enero de 2013

Ana llega a Santa Clara


Desde el recientemente concluido Festival de Nuevo Cine Latinoamericano llega a Santa Clara una propuesta cinematográfica con nombre de mujer. La película de Ana arriba de la mano de Daniel Díaz Torres, director conocido por sus polémicas cintas, entre las que se cuenta Alicia en el pueblo de las Maravillas. La última cinta de Daniel Díaz es una muestra más de la afinidad de la cultura con el contexto social, económico y hasta político de la Isla.
La cinta versa aparentemente sobre sobre una actriz sin mucha suerte profesional que prueba al límite sus capacidades histriónicas y se convierte, por excepcionales circunstancias, en directora audiovisual. Es, sin embargo un llamado de alerta en el que se relacionan y redefinen las esperanzas del cubano, tema que no es exclusivo de este material pero que siempre es valido en la cinematografía cubana actual. Es una versión de la circunstancia social cubana que deja de lado al obrero con aspiraciones de clase, al intelectual disidente, al posible emigrante, al emigrante que regresa desarraigado y arrepentido, al héroe universitario que no puede desbordar su circunstancia económica, a la prostituta habitual y  toma como centro de atención a una mujer que también se prostituye, solo que desde un escenario que no contempla el cuerpo sino los principios, los sueños, las aspiraciones espirituales. El tema de los diversos tipos de prostitución es central en esta propuesta artística, que llega acompañada de la pericia de Eduardo del Llano, otro de los realizadores que más a dado que hablar en los últimos tiempos en el ámbito audiovisual en Cuba.
Ana, devenida en Ginette, es una “profesional del colchón”, una mujer frustrada por sus propias incapacidades intelectuales y por la crisis de autenticidad y creatividad que afecta la Televisión cubana; una mujer en la mediana edad, que no tiene hijos, que compite con una hermana favorecida por la aparente carencia de principios y aspiraciones espirituales. Se define como personaje a partir la consecución de hechos que mezclan como especie de “historia caja china” (una historia dentro de otra) sus dos personajes, en una dinámica que como bien anuncia Vergara, el esposo y coparticipe de la estafa: la ficción, supuestamente denigrante, define y es más valida que la realidad, aparentemente más digna.
La trama de la película se desarrolla en una calurosa casa cubana, sin refrigerador, en la que, en un guiño a lo Real-Maravilloso, se pinta uñas y viven un editor y una actriz de “medio palo”. A este escenario acompañan otros en los que la trama “real” y el documental acontecen. En todo caso es curioso como los realizadores nos develan la tesis de que casi cualquier escena cubana (una fiesta cederista, la lectura de un discurso de la federación, el sueño de una anciana en la mesa de su casa) puede utilizarse y ser creíble en la meta de falsear un escenario que es, supuestamente, tan contrario a la cotidianidad como lo es la prostitución.
La película de Ana goza de recurrencias referenciales no solo en materia de estética sino en la utilización de espacios como el solar en que se filma el documental Los Bolos en la Habana, de Enrique Colina y el tema de la carencia de refrigerador como motor impulsor de una acción, leit motiv de la obra de Teatro  Contigo Pan y cebolla de Héctor Quintero. Ambos son producto de una intertextualidad que puede ser una feliz coincidencia pero que en cualquier caso es un firme homenaje a la cultura cubana.
La ciudad de Marta abrió las puertas del Camilo Cienfuegos a esta película que le valió en la pasada edición de la fiesta del cine latinoamericano el Coral femenino  a Laura de la Uz. Laura se muestra como una de las jóvenes actrices cubanas que más lauros ha obtenido en el escenario del cine, convirtiéndose en la actriz insigne de otros realizadores como el director de Hello Heminway y Madagascar, Fernando Pérez. 
La ciudad de Santa Clara recibió esta propuesta, no precisamente a Cine lleno. En la parte superior del cine Camilo se anunciaba un espectáculo de la década y la cartelera estaba desactualizada, ambas cuestiones que pudieron afectar la divulgación de la película, evitaron que el pueblo villaclareño  disfrutara de una ocasión posiblemente irrepetible. Al finalizar la proyección en la que habían abundado las risas mucho más que los silencios incomodos, algunos de los participantes quisieron iniciar una ola de aplausos, hecho habitual en los estrenos de películas en la capital cubana. Este intento fue sofocado por la no incorporación de la mayoría de los presentes que en aparente indiferencia abandonaban el cine.
Pocos son los santaclareños que pueden cada año participar del Festival del Nuevo Cine Latinoamericano, siendo así, aquello que nos llega, como secuela o eco del este importante evento, debe ser aprovechado al máximo. Dejar de paso una oportunidad como esta, sobre todo por no conocer que existe, es un penoso hecho, que no debe convertirse en cotidiano.

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